Desconfiar y mentir suelen tomarse de la mano y caminar.
Odiaba encontrarme mintiendo; peor si se trataba de mentirme. Esa criatura que se hace llamar "si mismo" es quien más me detestaba y el único ser capaz de considerarme un enemigo de su altura -y por que no calaña- cuando me descubría. Utilizaba embustes a menudo para reivindicar esa capacidad a la que había alimentado largos años.
Pero un día decidí no hacerlo más y pensé que había cumplido todo este tiempo.
Hasta que el sábado vi a mi prima de 16 años fumando y después de horrorizarme (como si hubiese visto algo little y lo esperaba huge) lanzé una suerte de discurso castrador, carcelero, casi boludo (yo dejé de fumar) que después intenté suavizar en vano.
Al rato pensé: que pobre idiota soy de creerme cuando digo que soy ultraliberal mientras manejo unicamente vocabulario conservador, mientras prohibo lo que alguna vez me permití, mientras...fuck.
Descubrí que me había estado engañando todo éste tiempo, a la vez que decreté que la posta no es dejar de mentir; sino simplemente no creerme.
Lógico, la confianza es como la vergüenza; una vez que se pierde no se recupera jamás.
Me di cuenta que no podía creer ni en mis promesas.
Normalmente, esas que esbozo antes de dormir se corrompen al despertarme. Se arrastran pidiendo ejecución...¿y que puede hacer una dama inescrupulosa como yo? pedirles que se levanten porque me rayan el piso.
Desconfío hasta de la desconfianza de la que soy víctima; aunque siendo relativa se que aún puedo confiar: otra mentira.
Tanta historia tiene lugar cuando uno es reservorio de dudas, carcaza de inseguridades, producto de tribulaciones y más que sólo "dejos" de inmadurez. Que triste.-
jueves, 7 de agosto de 2008
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